Opinión
Mujeres, liderazgos y sororidad en Costa Rica
Carmenmaría Escoto Fernández*

Aunque hoy se reconocen los derechos a la plena dignidad e igualdad jurídica de las mujeres, ha sido largo y tortuoso el progreso hacia una sociedad en la que todas las personas disfrutemos de iguales oportunidades de desarrollo y reconocimiento de nuestras capacidades sin distinciones de género. 

Las dificultades radican no solo en la aprobación de normativas que reconozcan esa igualdad; surgen también ante la necesidad de identificar los mecanismos para que los valores inspiradores de esas disposiciones sean efectivos en el ámbito cotidiano, influenciado por las formas de interacción y culturas prescritas desde épocas ancestrales. 
En la experiencia diaria de las mujeres, es donde debemos hacer germinar las semillas del cambio que nos impulse superar los patrones y barreras heredadas. Por ello, interesa escudriñar dos conceptos indisolublemente unidos: hembras alfa y sororidad.

Los conceptos de machos y hembra alfa provienen del reino animal. El estatus de alfa se consigue normalmente por atributos físicos, ligados a la procreación o capacidad de defensa. En los seres humanos, esas características han hecho la diferencia histórica en el proceso de selección natural, sin embargo, hay un aspecto que va más allá de lo físico. Se vincula con el liderazgo y la capacidad de potenciar las habilidades y atributos de motivación y superación de las demás personas, en especial, los de la misma especie.

El proceso de liderazgo en las mujeres es complejo. El nivel de exigencia de la sociedad para el reconocimiento del liderazgo de las mujeres es mucho mayor. Se trata de un sesgo cultural que exige a las mujeres esfuerzos extraordinarios, comprometiendo otras áreas de su realización personal para lograr un reconocimiento en la sociedad; no por falta de capacidad, sino por el escaso reconocimiento a sus labores. 

En este proceso de lucha, algunas logran resultados extraordinarios a base de resiliencia, es decir, la capacidad de una persona para superar circunstancias traumáticas, un empuje que solo lo da su capacidad interior de reinventarse y surgir a base de estrategias y lecciones aprendidas.

La clave en este trámite radica en las alianzas con los hombres y en especial con otras mujeres, me refiero a la sororidad o hermandad entre las mujeres. Marcela Lagarde y Gisele Halimi llaman a esta nueva relación entre las mujeres sororité, cuyo significado es hermana. Las italianas dicen sororitá y las de habla inglesa la denominan “sisterhood”. 

Sin embargo, la acepción para esos vocablos es la misma: “amistad entre mujeres diferentes y pares, cómplices que se proponen trabajar, crear y convencer, que se encuentran y reconocen en el feminismo, para vivir la vida con un sentido profundamente libertario”, según Lagarde.

En el contexto nacional, la sororidad constituye una exigencia que obliga a las mujeres lideresas, quienes aspiran a puestos de incidencia en la toma de decisiones, a replantearse alianzas que contribuyan a transformar las estructuras que limitan el reconocimiento de los diferentes liderazgos de las mujeres. En este marco, su participación en todos los espacios políticos y sociales permiten construir una sociedad con visión de hombres y mujeres en igualdad. 

El Poder Judicial ha sido un ejemplo de lucha por la igualdad de las mujeres en el plano laboral, pero falta mucho por hacer. 

Datos estadísticos reportan que el 46% de la población judicial son mujeres frente al 54% de hombres. Inclusive, el 52% de las personas juzgadoras somos mujeres frente a un 48% de hombres. 

Sin embargo, hay que escudriñar en los datos, pues en el caso de la Judicatura costarricense, 496 juezas ocupan las categorías 1, 2 y 3, que son las más bajas. Mientras solo 180 ostentan la categoría de juezas 4 y 5, frente a 261 jueces en esos mismos niveles. 

Precisa la redefinición de estrategias y alianzas para potenciar la participación de las mujeres en los concursos de los niveles más altos de la Judicatura y su nombramiento como un reconocimiento a su capacidad de resiliencia ante la adversidad, al margen de sus aptitudes, las cuales evidencian el alto nivel de formación y desempeño. 

Es aquí donde la hermandad juega un papel trascendente, pues supone la modificación de las relaciones tradicionales entre mujeres, para rediseñar un mundo que potencie liderazgos, participando en todos los ámbitos de la sociedad, transformando así el concepto mismo de poder.

Para el nombramiento de Vicepresidenta en el Poder Judicial, encontramos un ejército de mujeres, dentro y fuera de la Institución, compartiendo un mismo ideal, por la igualdad de derechos y oportunidades en puestos de poder lo que evidenció los esfuerzos para consolidar una sociedad inclusiva. Por ello, extendamos nuestras manos, para edificar hoy y mañana con el fin de materializar la ejecución de nobles anhelos de solidaridad. Debemos impulsar y dar el ejemplo como mujeres en el tema de: hermandad o sororidad. ¡Esta conducta, más que justa, es necesaria!
 
*Vicepresidenta de la Corte Suprema de Justicia


Lic. Sergio Bonilla Bastos
Licda. Andrea Marín Mena
Licda. Teresita Arana Cabalceta
Licda. Melania Chacón Chaves
Licda. Sandra Castro Mora
Lic. César González Granados
Licda. Mónica Chavarría Bianchini
Montaje: Licda. Karen Quirós Fumero
Diseño Gráfico: Iván Pacheco León

Poder Judicial de la República de Costa Rica, ® Derechos Reservados 2017