DISCURSO POR JUBILACIÓN
Ana Virginia Calzada Miranda
Presidenta
Sala Constitucional

El momento de la jubilación suele verse como la culminación de una vida de trabajo, de una carrera profesional dedicada al crecimiento, al aporte, para dar paso a una etapa de quizá mayor sosiego y tranquilidad.

Bajo esa perspectiva comencé a meditar la opción de dar el paso a esa nueva etapa de mi vida, en la cual abrigar nuevos momentos y espacios con mi familia.

No obstante, las madrugadas de meses atrás me sorprendían despierta con una preocupación constante en mi ser.

¿Sería ya el momento de devolver y compensar a mi familia tanto tiempo que les tomé prestado para llevar hacia adelante mi carrera profesional?

No puedo ocultar que ciertamente dudaba de manera frecuente de la decisión, ya que una parte de mi decía que sí, pero la otra se resistía ante los proyectos en marcha y la ilusión de fortalecer el trabajo para la sociedad desde una perspectiva institucional.

Tomar la decisión final no fue fácil.

El Poder Judicial y lo que puedo llamar «la vida judicial» nunca me fue ajena. Por el contrario, la viví plenamente desde niña.

Recuerdo muy bien, cual si fuera hoy, cuando de pequeña, saliendo de la Escuela República del Perú, caminaba hasta llegar a la Avenida Segunda, para pasar a visitar a mi padre en las oficinas que en aquel entonces ocupaba la antigua Sala de Casación; eso sí, visita previa y obligada a un negocio ubicado frente a ese edificio en que se ubicaba esa Sala, a comprarme un «gato», para luego irme a la oficina de papá.

Sin embargo, en aquella época de mi primera juventud, estando ya estudiando Derecho, me resistía con ahínco a iniciar una carrera judicial y, por el contrario, tenía la firme decisión de dedicarme al ejercicio liberal de la profesión.

Aquella negativa –firme según yo- se fundamentaba en que a mi mente acudían los recuerdos de las tensiones que sufría papá, cuando no de las limitaciones propias de quien ejerce la judicatura y que ustedes conocen muy bien, y porque también de haber ingresado al Poder Judicial en aquél entonces, sería, como usaba llamarme don Fernando Coto, «la chiquita de Juan Rafael», lo cual para una joven dispuesta a conquistar el mundo era algo menos que una afrenta total.

Según pensaba la Ana Virginia de entonces, «jamás pertenecería al Poder Judicial».

Pero como bien lo dice la sabiduría popular expresada en refranes, «para hablar y comer pescado…».

Si algo he aprendido en la vida, es a aceptar y reconocer la voluntad de Dios. Así, a pesar de aquel ímpetu, Dios me tenía reservado un camino diferente, y como bien sabemos, en ese caminar el Creador se sirve de ángeles para cumplir sus designios bien trazados.

Así, una querida y entrañable amiga, quien sí había optado por ingresar al Poder Judicial, en un momento determinado, cuando ya yo llevaba casi una década de ejercer como litigante, me llamó para consultarme si estaba dispuesta a hacerle una sustitución como Alcaldesa de Montes de Oca. Y acepté.

Esa fue la intersección que cambió el rumbo de mi vida, pues estando en ese puesto me percaté que, contrario a lo que pensaba años atrás, la herencia de papá era mucho más fuerte que mi juvenil rebeldía.

Hoy, más de veinte años después de haber ingresado a la judicatura, puedo decirles con firme convicción, que ese cambio fue el correcto.

Gracias Evita, por haber sido ese instrumento divino para ponerme en el camino de mi vida profesional.

Mientras me desempeñé primero como Alcaldesa y luego como Jueza, fui atesorando momentos especiales, muchos recuerdos lindos, muchísimas experiencias de crecimiento profesional y también personal, pero sobre todo, amigas y amigos que han sido y son mis bastiones tanto en los momentos felices como en los difíciles de mi vida.

Pero aquel camino iniciado aún no finalizaba.

Años después fui honrada con el nombramiento de la Asamblea Legislativa para integrar la Sala Constitucional, que todavía para entonces olía a nueva. Y esa designación volvió a cambiar mi vida.

Por si no fuera poco estar ya de lleno en el Poder Judicial, el ingreso a la Sala significó para mi sentarme y trabajar con varios de mis profesores universitarios, al lado de jueces a quienes admiraba profundamente y hacia quienes guardo un profundo respeto.

Conversar, estudiar, comentar, resolver junto a don Rodolfo Piza, don Luis Paulino, don Jorge Castro, don Luis Fernando Solano o don José Luis Molina, entre otros, significó un gran reto en mi vida profesional, al mismo tiempo que fue de grandísima ayuda para terminar de moldear mi personalidad o mi carácter de Jueza.

Don Rodolfo, impregnando en mí ese compromiso inclaudicable con la defensa de los derechos humanos.

Don Luis Paulino, infundiendo en todos ese dinamismo por la modernización de la justicia.

Don José Luis, aportando un conocimiento internacional, la prudencia, pero también el carácter firme que pocos hombres de Estado poseen.

Don Luis Fernando, don Jorge, anticipando las consecuencias de las decisiones y defendiendo la ética como exige la moderna concepción del Juez Constitucional.

Así y tantos otros ejemplos de mis compañeros de Sala, que sería muy extenso pretender hacer un recuento de las experiencias y aprendizajes de los últimos veinte años.

El ingreso a la Sala supuso también, claro está, el formar parte de una Corte a la que también admiraba, y de la cual también continúe aprendiendo.

Pero algo de lo más significativo, fue reencontrarme aquí, en este recinto y como compañeros de Corte, con antiguas compañeras y compañeros universitarios.

Unos ya estaban aquí cuando yo llegué, y otros se fueron incorporando años después, pero siempre la emoción por compartir ideas, ideales y proyectos, ya no desde el ánimo juvenil propio de la Universidad, sino desde una posición más seria, pero no menos entusiasta, a favor del fortalecimiento del Poder Judicial, de la institucionalidad, y de la democracia costarricense.
Zarella, Orlando, José Manuel. Con ustedes aquí se ha hecho menos complicado el camino, y así como hace unos años en la Universidad, aquí hemos vuelto a compartir, a conversar, a disentir y a intercambiar ideas.

Gracias a Dios por haberme permitido estar aquí con ustedes.

Relatar experiencias o anécdotas podría ocuparme varios días, pues es recordar muchos momentos no sólo de lo vivido en la Corte, sino como decía anteriormente, recordar otras etapas de mi vida, momentos muy lindos, como los que junto con Anabelle también disfruté en la secundaria, y al mismo tiempo, momentos de gran compromiso con el país por las decisiones que junto con mis compañeros de Sala hemos debido adoptar.

La incorporación a la Corte supuso también momentos difíciles, de pesar y de angustia, pues a pocos meses después de mi nombramiento, me correspondió vivir de manera directa una triste circunstancia en la historia del Poder Judicial.

El secuestro de la Corte Plena, en abril de 1993, a tan sólo dos meses y medio de haber ingresado a la Corte, significó un curso intensivo de conocimiento de mis nuevos compañeros y un refrescamiento de mi amistad de aulas universitarias, sobre todo con Zarella, con quien tuve oportunidad de compartir los temores propios de esa situación.

Allí conocí la grandeza de los valores humanos, y también, cómo la necesidad y la frustración pueden turbar la conciencia y hacer que se tomen decisiones incorrectas, desesperadas, respecto de las cuales hay que ejercer control y liderazgo para evitar males mayores.

Pasada esa página, me involucré de lleno en el trabajo de la Sala, de la Corte, de la Comisión Nacional para el Mejoramiento de la Administración de Justicia, y años más tarde como Presidenta del Consejo Directivo de la Escuela Judicial, y como Presidenta de la Sala Constitucional.

La experiencia en la Corte, en la Sala y en las diferentes posiciones con que me han honrado, me permitió, como decía, acercarme y conocer a muchas personas en quienes reconozco su amistad, su cercanía, pero también su compromiso con el trabajo, con el Poder Judicial, con la Sala, con la democracia.

La Sala Constitucional se ha forjado gracias a ese compromiso de todos quienes la integran, desde auxiliares y técnicos, hasta Magistradas y Magistrados. Todos brindando su aporte y su compromiso.

El Poder Judicial, la Corte y la Sala, pueden estar seguros que cuentan con un recurso humano de calidad, altamente involucrado con la buena gestión y la buena marcha de la justicia.

En la Sala Constitucional, los resultados alcanzados, son muestra tangible del esfuerzo desplegado por todas y todos para que la justicia sea cada vez más pronta y más cumplida.

Es por ello que quiero reconocer el trabajo serio de cada funcionario y funcionaria de la Sala.

Del personal de la Secretaría de la Sala, por estar siempre atentos y dispuestos a recibir al público, a orientarlo, a realizar todos los trámites con prontitud y oportunidad, y a documentar el trabajo de la Sala sobre bases científicas, sólidas y firmes.

Del personal de las oficinas, secretarias, auxiliares, técnicos y letrados, por llevar adelante la tarea de recibir y tramitar los asuntos con criterios de eficiencia y efectividad.

De las compañeras Magistradas y compañeros Magistrados, por liderar sus despachos hacia una justicia de calidad.

De mis colaboradores más cercanos, por ser siempre tan pacientes conmigo, y por estar en todo momento atentos y dispuestos a las necesidades de la jurisdicción, e, incluso, a compartir entre nosotros ilusiones, proyectos e iniciativas, porque dichosamente aquí he encontrado amigas y amigos, que hacen del trabajo una aventura digna de vivirse.

A veinte años de aquella primera elección como Magistrada, puedo estar tranquila y segura de que siempre me desempeñé con estricto apego a los deberes y responsabilidades que impone la justicia en democracia.

La tranquilidad y la satisfacción con el deber cumplido, es la misma que me permite, ahora con certeza absoluta, sentir que llegó el momento de retornar a mi familia, de retribuirles a ellos los sacrificios que hicieron para que su mamá pudiera estar aquí.

Ellos también han vivido y sentido conmigo los momentos difíciles, las situaciones de angustia, las alegrías y las tristezas propias de la judicatura.

Es por ello que, Jueza al fin, debo continuar impartiendo justicia…y ahora, para con los míos.

No puedo dejar de agradecerle a Dios, la oportunidad de haberme permitido brindar al prójimo mis servicios desde esta posición.

Al pueblo de Costa Rica, representado en la Asamblea Legislativa, por confiar en mi para desarrollar la tarea que he cumplido.

A la Corte Plena, por todas las enseñanzas y el espacio brindado. Y a los diferentes departamentos del Poder Judicial, sobre todo al de Tecnología de la Información, mi agradecimiento por su apoyo constante.

Finalmente, y con propósito deliberado porque al fin y al cabo son quienes resultan directamente involucrados, quiero darle las gracias a mi familia.

A mi padre por todas sus enseñanzas, pero sobre todo por haberme enseñado que la honestidad y honradez deben vivir en nosotros como la piel en el cuerpo.

A mi madre, por haber sido siempre el soporte en los momentos difíciles.

A mis hijas e hijos, por haberme apoyado en todo momento para defender esta que no fue una lucha sólo mía, sino de todos nosotros por la justicia del país.

Gracias Juan Manuel, gracias Vero, gracias Jorge Ernesto, gracias Rebe. También gracias a sus esposos y esposas, y a mis preciosas nietas y nietos, por haber entendido y tenido la paciencia de que mamá a veces no podía estar en casa.

Pero hoy, cuando vuelva a casa con la plena satisfacción del deber cumplido, estaré sumamente ilusionada por tantos proyectos que tendremos juntos. Los amo profundamente.

De nuevo gracias a todos.

Licda. Ana Lucía Vásquez Rivera
Lic. Sergio Bonilla Bastos
Licda. Andrea Marín Mena
Licda. Teresita Arana Cabalceta
Licda. Marcela Fernández Chinchilla
Licda. Melania Chacón Chaves
Licda. Sandra Castro Mora
Lic. César González Granados
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