| ENEMIGOS DE LA COMUNICACIÓN |
Msc. Laura Soley Gutiérrez ¿Quién no recuerda en la escuela niños que no aceptaban bien cuando se les exigía hacer fila para entrar a la clase, o callarse mientras otro hablaba? Cuando se les pedía esperar su turno, mostraban casi que de inmediato su frustración: alegaban haber llegado “antes” o “de primeros” y parecían convencidos siempre de que tenían algo muy y más importante que decir. Acompañaban su berrinche de interminables discursos con gestos faciales y hasta corporales; se levantaban si estaban sentados, alzaban los brazos y entornaban los ojos al cielo, retorcían su cuerpo y se contorsionaban tanto como lo permitía su juventud, al ritmo del ruido que salía de su boca. Con la distancia y el tiempo, recuerdo esos episodios como graciosos y supongo lo agradecidas que estarán estas personas ahora adultas con esas maestras que pese a soportar sus insufribles intervenciones, les reprendieron en su momento y les repetían que en sociedad para entendernos, tenemos que aprender a respetar las reglas de una buena y respetuosa comunicación. Les consolaban diciendo que tenían una vocación, pues seguro cuando crecieran, serian abogados. En este escenario, los demás, los que cumplíamos y hacíamos la fila en nombre del orden o nos esperábamos para hablar -aunque sabíamos que teníamos la mano levantada desde hacía rato, desafiando la gravedad y pese a estar convencida de que la maestra solo veía las manos levantadas de los compañeros que ella quería oír -, lo hacíamos porque respetábamos la autoridad (lo que decía la maestra, la Directora, el conserje, la señora de la soda) no porque nos gustara siempre la decisión tomada, sino porque intuíamos que el orden era lo “correcto”. En algunas ocasiones las decisiones resultaban arbitrarias y justamente esa falta de justicia despertó en algunos –sin necesidad de hacer berrinche y pucheros- el interés por estudiar Derecho. Unos entonces porque creen que tienen la Verdad de su lado, otros porque buscamos Justicia en un mundo que sabemos no lo es. Recientemente -en el programa de radio de Amelia Rueda- el tema escogido fue complejo pues se habló del Poder Judicial. El asunto a tratar iba acompañado desde un principio de dos enemigos muy unidos entre sí que quizás no pudo prever la periodista: a) que no se habló de un tema sino de muchos pese a que todos son de enorme complejidad; b) el poco tiempo disponible para debatir sin más, lo que fuere. En este ya complicado escenario la comunicadora invitó a profesionales en Derecho, algunos reconocidos por aprovechar la oportunidad para expresar con ahínco y vehemencia sus frustraciones en sus experiencias en el campo jurisdiccional. En sus opiniones arrastraron a la zona del insulto a funcionarios judiciales de renombre, no por lo mucho que hablan, ni por pensar que son dueños de la Verdad, sino porque son personas que han dedicado su vida a la Justicia. En común, lejos de evaluar las cosas positivas o negativas desde la perspectiva de su carrera de años, los opinantes se dejaron llevar por un lenguaje carente de opiniones y rico en apreciaciones revanchistas, difíciles de entender, difíciles de descifrar. En todos esos minutos, recordando a Miguel de Unamuno, más que opiniones escuchamos opinantes aguerridos, unos más reconocidos que otros como legendarios combatientes que se debaten con soltura entre ellos, en un terreno donde la atmósfera es dominada por la intolerancia. Desde su arena, no contuvieron el impulso de arrastrar a un magistrado que atendió su llamado en el programa, a la zona donde “todo está perdido”. Aprovecharon la hospitalidad de la periodista para expresarse en un tono recio, sin prudencia, pisoteando la dignidad de muchas personas y pretendiendo dejar en los radioescuchas el mensaje -bastante aventurado por cierto -, que ellos sí conocen el Derecho y sí saben lo que el Poder Judicial necesita. Aquí, desafortunadamente, se hizo entonces presente y se adueñó del espacio un tercer enemigo de la comunicación: la intolerencia. Los comunicadores tienen especial deber de evitar propiciar esta atmósfera en que no se evalúan bien las cosas, positivas o negativas pues; en casos como éste no hubo debate, sino que se atacó directamente a funcionarios que trabajan día a día en la labor judicial y piensan con seguridad distinto a los opinantes que con desparpajo acusan que el Poder Judicial está lleno de empleados que no tienen la sabiduría, ni el conocimiento para atender los asuntos que llegan a sus oficinas; deficiencias éstas que atribuyen en gran medida a que son jóvenes y mujeres bonitas (¡vaya discriminación reforzada!); y a su criterio, los que no son tan jóvenes o mujeres, hay que investigarlos porque son del bando de “los malos” y algo pasa… En este escenario los personajes sí que han crecido, pero ciertamente el berrinche es el mismo. |
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