HA PARTIDO UN VISIONARIO

A Ulises Odio Santos, in memoriam

 

 

 

 

Magistrado

José Manuel Arroyo Gutiérrez.

 

 

 

         A veces los pueblos tienen la fortuna de ser dirigidos por los mejores. Si les toca tiempos de adversidad,  hacen lectura correcta de los desafíos y aciertan en dar respuesta a los problemas que el común de los mortales no logra comprender; si se trata de tiempos estables, avizoran más allá del horizonte, rescatan lo mejor de su gente y señalan el camino a la tierra del futuro; tierra habitada por personas iguales en dignidad, donde no sobra nadie. El liderazgo democrático que ejercen les ha sido espontáneamente otorgado por los demás; su autoridad emerge del trabajo duro, el estudio profundo y los talentos que sólo natura da; es un liderazgo caído por su propio peso, no han tenido que abrirse paso a codazos. Asumen el poder como un servicio,  un deber que las circunstancias les ha impuesto, y lo dejan con la conciencia limpia del deber cumplido.

         Ulises Odio Santos fue uno de estos guías nacionales. Dejó su reconocible huella como juez de la República en sentencias que hicieron época y que, décadas después, siguen siendo de consulta obligada. En el ejercicio de la Magistratura y como Presidente de la Corte Suprema de Justicia se convirtió en una auténtico visionario; estudió y divulgó la obra de juristas europeos y latinoamericanos; hizo contacto con ellos, los trajo para compartir con nosotros y se hizo asesorar por ellos en temas de organización del Poder Judicial y modernización de las legislaciones procesales y sustantivas. Quizá su mayor aporte lo supo dar, sin embargo, como Maestro, en su sentido más noble y por eso la mayúscula. Años como docente en la vieja Escuela de Derecho de la Universidad de Costa Rica,  compartiendo su sabiduría y sobre todo reconociendo el talento de estudiantes aventajados, a quienes reclutó para la judicatura o alentó para que fueran al exterior a realizar estudios de posgrado.  Esa generosidad, que sólo la tienen almas superiores, sigue dando frutos en nuestros días y de ella surgió la generación más importante (1970-2000) que ha tenido el país, en  cuanto a preparación académica en diversos campos del Derecho.

         Pero por sobre todas las cosas, don Ulises supo ser un hombre bondadoso, un juez austero y un ciudadano modelo. Pudiendo atesorar capitales, se dedicó a forjar una familia, a mantener una biblioteca viva y a cultivar la amistad de todos los que tuvieron el privilegio de ser sus discípulos y colegas. En los tiempos que corren, donde no parece distinguirse lo esencial de lo aparente; el  auténtico conocimiento de las ocurrencias; o el relumbrón del verdadero señorío, duele más despedir a patricios de su talla. Quedan sin embargo su ejemplo y sus enseñanzas, para recuperar el rumbo extraviado, la claridad enturbiada y la visión más allá de las escaramuzas cotidianas.