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Discurso del Exmagistrado |
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| En esta ocasión, que es la más importante de mi vida,
porque he recibido, nada menos que de la Corte Suprema de Justicia de mi
Patria, el inmenso honor de ser declarado un buen servidor del Poder
Judicial de la República, haciendo ostensible ese merecimiento que me
otorga en el precioso metal de esta medalla en que está incrustada la
insignia de Magistrado que por varios años llevé con tanto orgullo,
galardones esos que harán feliz mi ancianidad, y que serán para mis
hijos y para mis nietos, una especie de blasón de la familia, en este
momento en que alcanzo la cima de mi carrera judicial, voy a hacer
recuerdo de cómo llegué al conocimiento de la alta dignidad que tiene un
juez. El relato viene a ser repetido porque ya lo he referido muchas veces en algunas de mis disertaciones, públicas o privadas y a riesgo de que mi querido amigo y excompañero en la judicatura, el Magistrado Quirós, se incline en gesto de mecerse las barbas, como solía hacerlo cuando le contaba un cuento o un chiste ya de sobra conocido, para advertirme que era un memorable anciano, lo voy hacer, en obsequio de todos mis excompañeros en la Magistratura, pero especialmente de los Magistrados jóvenes y del Magistrado Volio, que sí tengo la seguridad de que no conocen este relato. En el año 1921, pocas semanas después de haberme graduado como abogado, la Corte Suprema de Justicia colocó sobre mis hombros la toga de Juez, designándome para servir en el Juzgado Penal de Alajuela, que entonces era denominado Juzgado del Crimen. Fue una sorpresa para mí, pues por aquella época no había que trabajar los puestos judiciales y yo no había solicitado tan alta posición. Feliz y alegre de haber logrado, tan joven como lo era, pues iba a cumplir 24 años, ese ascenso en mi carrera judicial, que había comenzado de estudiante como modesto portero-escribiente, de la Alcaldía Tercera de esta capital, me trasladé a aquella ciudad, que me encantó desde el primer momento por la arboleda de mangos corpulentos, que rodeaba su parque y que me recordaba los centenarios higuerones que cerraban en mi infancia el jardín central de mi ciudad de Heredia. Tomé posesión del Juzgado: sabía más o menos cómo se tramitaba un proceso, y cómo se redactaba una sentencia, y eso y el sentirme Juez de una provincia tan importante ¡oh vanidad de la juventud!, me hacía considerarme el más sabio de los hombres; mi inexperiencia, no dejaba entender, que no había dejado de ser el estudiante de la Escuela de Derecho, y que tenía mucho que aprender en la Universidad de la Vida. Una mañana en que por la acera del entonces cuartel de la ciudad, frente al parque, venía hacia mi despacho del Juzgado, sintiendo que el penacho de mi vanidad y de mi orgullo se elevaba hasta querer tocar el cielo, porque las muchachas de una escuela de costura de la compañía Singer se habían lanzado a la ventana para ver al nuevo juececito, miré que en dirección contraria a la mía se me aproximaba un venerable anciano que yo sabía que era un respetado patriarca de la ciudad, don Ramón Cabezas; no se borra de mi memoria su figura bajita, su rostro de un blanco sonrosado en que resaltaban unos ojos ya apagados pero parecían sonreír y unos mostachos canosos, siempre vestido de negro, cubierta su cabeza con un sombrero alón, apoyado en su inseparable bastón de puño de plata. Al encontrarme con él, recordando las enseñanzas de un maestro que siempre guardo con cariño en mi memoria, el poeta herediano, don Luis R. Flores, que insistentemente nos decía que a las autoridades, a los sacerdotes ( siendo él un liberal libre pensador) y a las mujeres había que cederles siempre la acera, me lancé a la calle. Don Ramón se devolvió y con adusto gesto me dijo: En el rostro del viejecito, el severo gesto volvió a tomar aquella luminosa bondad que le era habitual, y jalándome hacia la acera continuó su camino. Yo no volvía de mi asombro. ¿Por qué aquel venerable anciano había guardado tan extrema consideración y respeto a mi condición de Juez?. Entonces me dije: ser Juez no es solamente saber instruir un proceso y poner una sentencia. Ha de tener una condición, una virtud muy alta que no comprendo. Y esa interrogante, como una oruga pertinaz me estuvo royendo el cerebro por muchos días, por muchas semanas. Hasta que un día se me despejó la incógnita con la lectura de una tragedia de Esquilo, el nueve veces coronado poeta heleno. Los griegos así como representaban las fuerzas de la naturaleza, la belleza del Universo en las personas de sus dioses, así, con símbolos y mitos trataban de hacer conocer los altos valores del espíritu. Para mí entender en la tragedia a la que me refiero, la trilogía, la “Orestíada”: “Agamenón”, “ las Coéforas” y las “Euménides”, el excelso vate, trató de darle a la Justicia y a los tribunales que la imparten un sentido divino. En esa trilogía nos relata Esquino la fatalidad con que el Destino afligió a los descendientes de Atreo, por el grave pecado de ese rey Miceno, que en venganza había hecho comer a su hermano Tiestes en un festín, a sus propios hijos; pecado que habrían de purgar con desgracias y calamidades sus descendientes en muchas generaciones. No voy a detenerme en todos los detalles que dieron lugar, al final, al proceso de Orestes y que con gran colorido narra en alados versos el excelso vate. Solo voy a recordar de esa trilogía, y muy resumidamente, sucesos que me sirvieron de guía para despejar la incógnita que me había propuesto develar: lo que es en esencia un Juez. El rey Agamenón, listo a embarcar para rescatar a Helena, la esposa
de su hermano Menéalo raptada por Paris, príncipe de Troya, encuentra el
insuperable obstáculo del mar tempestuoso, que lo obliga a permanecer en
puerto, con pérdida del precioso tiempo que necesitaba para alcanzar al
ejército griego, ansioso de la destrucción de Troya. Como los días pasan
y el mar no se calma, pregunta al adivino Calcas, que después de
consultar los oráculos, le anuncia que sólo podrá embarcar para Troya
aplacando la furia de Neptuno, que exige el sacrificio de la menor de
sus hijas Ifigenia. Se estremece Agamenón por la hija muy querida tanto
de él como de su esposa Clitemnestra, pero al fin cede ante la demanda
del dios Neptuno. Manda a traer a su hija y la hace morir como mansa
cordera. De las leyendas griegas en relación con Ifigenia, Esquilo toma
la más trágica, pues hay otra que explota Eurípides en “Ifigenia en
Táride” en que la princesa no muere. Se satisface Neptuno, embarca
Agamenón, sitia a Troya con el ejército heleno por diez largos años.
Entrando en el palacio de Agamenón, en Micenas, el cruel destino de los
Atridas va tejiendo lentamente la trama de la tragedia. Clitemnestra,
que ha sufrido terriblemente con la muerte de su hija, ha jurado
vengarse de su marido Agamenón. Entra en relaciones concubinarias con un
primo de éste, Egisto y suponiendo que Agamenón no volverá, se adueñan
del poder. Orestes, el hijo joven, escandalizado por la conducta de su
madre se exilia voluntariamente. El triunfo del ejército heleno y el regreso de su marido a Grecia se le anuncia a Clitemnestra por fogatas que se encienden de monte en monte. Aterrados por su adulterio y por la pérdida del reino, y Clitemnestra, también sedienta de venganza, traman el horrible crimen. Al llegar Agamenón radiante de felicidad a su palacio, lo acechan y Egisto le da muerte a puñaladas. Ignorando Orestes la muerte de su padre, sigue ambulando por diferentes Estados hasta llegar a Delfos donde se le ocurrió visitar el templo de Apolo; el dios se le aparece y lo entera del crimen en su hogar por su madre y tío adúlteros y le recuerda que su deber de hijo vengar la sangre de su padre. Orestes siente toda la fuerza de aquella instigación y la obsesión de castigar a los culpables se apodera de su mente y de su corazón y se pone inmediatamente en camino a su Patria. Llega al palacio de su padre en Micenas y con su amigo Pílades, traman su terrible venganza. Como un extranjero que trae noticias de su propia muerte es introducido Orestes y presentado a la Reina Clitemnestra, a quien se hace reconocer como su hijo y le reclama su adulterio y la muerte de su padre; la reina se espanta, al ver la actitud amenazante de su hijo: le expresa que es su madre, le muestra sus senos y le recuerda que esos senos lo amamantaron. Orestes en su obsesión no oye las súplicas de su madre, solo oye la orden del dios Apolo que lo incita a cumplir la tradición, que obliga al hijo vengar la muerte de su padre y ciego por esa fuerza irresistible, da muerte a su madre y en seguida a Egisto, que habiendo sido informado que un extranjero traía noticias de la muerte de Orestes, entró en la estancia donde acababa de ser asesinada Clitemnestra. Enseguida se aclara la razón del matricida; ahora ya la instigación del dios no lo ciega; observa sus manos, las ve manchadas con la sangre de su madre y desesperado se mesa los cabellos, sus ojos se desorbitan de espanto, cuando a lo lejos, como si se acercara un viento huracanado, oye el volar de las Erínias, arpías, que en su búsqueda se acercan al palacio. Las Erínias o Furias eran las diosas más temidas de los griegos; hijas de la noche, de gran talla y de espantosa figura, siempre inyectados los ojos de sangre; sus cabellos, serpientes sibilantes, garras en sus manos, monstruos medio aves medio humanas, el terror de los griegos, pues eran las encargadas de perseguir a los delincuentes, especialmente a los matricidas, a quienes martirizaban cruelmente, no solamente en la tierra, sino que no les daban paz ni siquiera en los infiernos. Eran poderosas, porque pertenecían a la clase de los dioses antiguos, y tenían privilegios que los propios dioses jóvenes les respetaban. Simbolizaban en la mitología griega, el paso primitivo de la sanción penal, la terrible vendeta. Víctor Hugo el poeta de la barba florida – como lo llamaba Darío -, escribió un ensayo sobre los genios de la Humanidad, como prólogo a una traducción de las obras de Shakespeare, hecha por su hijo Carlos Hugo. Y en ese ensayo, al referirse a los trágicos griegos, recuerda el teatro heleno y el terror que causaban las Erínias cuando salían a escena. Los hombres más valerosos quizá héroes de Maratón y Salamina, - refiere Víctor Hugo-, temblaban azorados cuando aparecían en el escenario las Erínias y abortaban las mujeres embarazadas. Orestes al oír acercarse a las arpías, huye despavorido, atraviesa campos, montañas y mares, perseguido de cerca por las terribles vengadoras, hasta que llega al templo de Apolo en Delfos, donde penetra y se arrodilla ante la presencia del dios que se le aparece. Las Furias no se atreven a profanar el templo y cansadas quedan dormidas en la escalinata. Le suplica Orestes a Apolo, ya que él fue el que lo instigó al matricidio que lo libre de la furia de las arpías. Le contesta el dios, que él no tiene ningún poder con esas diosas tan poderosas y que la única deidad que lo puede salvar es Palas Atenea, la diosa, hija predilecta de Zeus y le sugiere que acuda a ella en demanda de auxilio. Orestes aprovecha el sueño de las Erínias y emprende la carrera hacia la ciudad de Atenas, donde está el templo de la diosa. Los griegos tenían por Atenea un amor parecido al que nosotros los cristianos profesamos a la Virgen María. Como María, había nacido sin pecado, porque brotó de la propia testa de Zeus. Y en la vorágine de pasiones, tan parecidas a las de los hombres en que agitaban los dioses y diosas de la teología griega, Atenea se había mantenido pura y sin mancha. Era la diosa de la razón, de la sabiduría; por eso su estatua lucía en el lugar en que se dictaban las leyes, donde se impartía la justicia. Donde trabajaba la inteligencia no faltaba elevada en su plinto, la estatua de Atenea. Los griegos la amaban tanto, que cuando aparecía en el escenario del teatro, vuelvo a recordar a Víctor Hugo, se querían derrumbar las galerías por la conmoción que causaba en el público. Orestes llega al templo de Atenea perseguido siempre por las Furias y se arrodilla ante la diosa rogándole lo salve. El diálogo de la diosa con las Erínias, que a la puerta del templo exigen la entrega del matricida es emocionante. Las Erínias alegan sus privilegios, exigen que se les respete toda su autoridad de diosas antiguas y es tan terrible su cólera que se atreven a amenazar a Atenea; pero ésta las detiene recordándoles que ella posee el rayo de Zeus, su padre, y que puede fulminarlas y hundirlas en el Tártaro. Las Furias asustadas se reprimen. Serena la diosa las convence para que accedan a someter al matricida Orestes a una tribuna que juzgará su caso. Se mala gana las Erínias aceptan, y la diosa llama a los hombres sabios de la ciudad de Atenas y forma el tribunal que ha de juzgar al reo, cuya presidencia ella se reserva. Así quedó fundado por Palas Atenea el Areópago, una especie de Corte Suprema de Justicia. Apolo, como defensor, trata de convencer a aquel jurado, como lo hubiera hecho un abogado de nuestro tiempo, alegando que Orestes cometió su crimen obedeciendo a una fuerza irresistible, la de la traición que lo obligaba a vengar la muerte de su padre. El tribunal da su fallo y resulta su decisión empatada, a Atenea, como su presidenta le corresponde desempatar y se decide por la absolución del delincuente. Las Erínias se resisten a aceptar el veredicto pero la hábil diosa de la razón y de la inteligencia, las convence de que los hombres no han dejado de venerarlas y de respetarlas, tal que la mitad del tribunal humano ha votado a su favor. Les ofrece que se les levantarán templos y que los atenienses les tributarán cuantiosas ofrendas, que para el futuro ellas conservarán el privilegio de someter a los delincuentes al tribunal de justicia, algo parecido a la función que hoy ejerce el Ministerio Público. Esta es la leyenda que recuerda el poeta Esquilo en los inmortales de su trilogía. Para mí tuvo el efecto de enseñarme que a la justicia y a los jueces que la imparten, se les daba en la antigüedad un origen divino. Y esa autoridad con que los jueces imparten la Justicia en la tierra, ¿no procede también de Dios?. Para nosotros los cristianos eso no tiene duda. Porque Jesús, el Maestro amado, así lo afirmó, según lo refiere el evangelista. Cuando el gobernador romano, exasperado por el silencio que guardaba el Nazareno, ante los calumniosos cargos que le atribuían los sumos sacerdotes judíos, se enfrenta a él y le dice: “responde: ¿no sabes que yo tengo potestad para hacerte crucificar?, Jesús levanta mansamente su mirada que le es difícil resistir al representante del César y le contesta: Ninguna potestad tendrías contra mí, si no te hubiera sido dada de lo alto”. La leyenda helena, tan bellamente narrada por el poeta Esquilo, que daba al Areópago, al Tribunal de Justicia de Atenas, un origen divino, me abrió el camino para despejar la incógnita de la verdadera naturaleza del Juez, que me había planteado en mi juventud, el gesto noble de aquel venerable patriarca alajuelense don Ramón Cabezas, al regañarme porque le había cedido la acera. Variadas lecturas y mucha reflexión, maduradas en mi mente y mi corazón espiritualista, me hicieron comprender, que Dios es la perfecta justicia y que él brota y se derrama para los hombres por el canal del alma de los Jueces. Los Jueces son oficiantes, sacerdotes de Dios en el altar de Justicia. Por eso es que el buen Juez purifica su alma, purifica su corazón, purifica su mente antes de impartirla, porque al tomar ese destello divino para darlo a los hombres, debe ser tan puro, como el sacerdote católico al tomar entre sus manos la hostia consagrada. No podríamos pretender de los Jueces, que esa chispita divina de la Justicia de Dios, al pasar por el canal de su espíritu, llegue a la Tierra con la pureza prístina de su origen, pues los jueces son hombres y tienen todas sus imperfecciones, y por mucho que se esfuercen en no hacerlo, pueden en algunas ocasiones incurrir en errores que hagan imperfecta la Justicia de Dios en la Tierra. Pero cuando esa chispita divina, pasa sin tropiezo por el alma del Juez y éste toma y con la pureza de su origen divino la da a los hombres, entonces... digámoslo con palabras de Azorín en su bello ensayo sobre el Buen Juez, entonces ese destello divino ilumina al Mundo. |
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