“Conmemoración: Día Internacional de la Mujer” |
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Martes 08 de marzo de 2021. Hora: 8:30 a.m. |
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Muy buenos días a todas y todos. Es para mí un honor dirigirme a ustedes en esta conmemoración del día internacional de la Mujer. Es una buena oportunidad para ahondar en temas de desigualdad, uno de ellos, tan relevante, como la desigualdad y discriminación para las mujeres. En el panel organizado para hoy y que se desarrollará en breve, contaremos con las voces de expertas que analizarán el gran aporte de las mujeres en los diferentes ámbitos de la vida en sociedad y, concretamente, desde su rol como juezas de la República. Han pasado casi 66 años desde aquel primero de junio de 1956, fecha en la que ingresó al Poder Judicial la licenciada María Eugenia Vargas, bajo la investidura, no solo de abogada, sino de “Jueza Tutelar de Menores de San José”. Un primer paso, muy pequeño pero trascendental, queda mucho camino por recorrer para que nuestra humanidad de igualdad aflore. Tantas desigualdades, tantas postergaciones. Fue la primera mujer en ocupar el cargo de jueza de la República, pasando de esta manera a la historia junto a otras mujeres como Angela Acuña Braun (primera abogada) y Virginia Martén Pagés (primera mujer notaria pública). Esas personas no les impresionó la tradición de exclusión. El ingreso de doña María Eugenia a la judicatura se convirtió en un punto alto en la historia del Poder Judicial, en la ruptura de los esquemas clásicos de exclusión que existieron en su momento y que desafortunadamente algunos de ellos, aún hoy perduran. Pero perdura la exclusión, la injusticia, el poder que tiende al descontrol. La injusticia es lo que apreciamos a cada paso, debemos crear y cultivar visiones de igualdad, de humanidad, de convergencia igualitaria, para no perdernos en el desánimo, en el nihilismo, que es lo que ahora vivimos. Con la entrada en vigor de la Ley de Carrera Judicial en 1993, se estableció un mecanismo que, sin lugar a dudas, representa un cambio radical en el sistema de reclutamiento, selección, nombramiento y ascenso de juezas y jueces, superando el subjetivismo y la arbitrariedad del anterior sistema, que en la práctica no lo era. La ley de Carrera judicial fue un paso más hacia un sistema de reclutamiento más objetivo, más igualitario, sin alcanzar, por supuesto la perfección. Es así que hoy en día, un 55.43% de las 1445 personas que ocupan puestos en la judicatura son mujeres, un avance significativo, pero subsisten debilidades y tareas pendientes. Si bien más de la mitad de los puestos en la judicatura lo ocupan mujeres, es muy importante conocer cómo están distribuidas en el escalafón y si sigue siendo la carga del trabajo doméstico y de cuido un obstáculo para que asciendan a los puestos de mayor rango en la carrera. Ni siquiera el parlamento ha querido asumir un sistema de cuotas en la escogencia de los jueces de la Corte Suprema. El rezago de los derechos de las mujeres es uno de los rostros de la desigualdad y la marginación. Uno de tantos, porque tenemos muchas evidencias que demuestran que, en lo social, lo económico y lo político, hay muchos ciudadanos y ciudadanas que se quedan atrás. La visión del feminismo o de género adopta este principio de igualdad para convertirlo en realidad, mediante una perspectiva integral, con la finalidad de desnaturalizar los hechos y conductas sexistas, cuestionando las relaciones de poder y de opresión históricamente construidas, para dar paso a la búsqueda de una igualdad real, donde las mujeres tengan las mismas oportunidades. Empero, para superar las desigualdades, se requiere de un estado social efectivo que defina y construya el desarrollo humano, que son los escenarios en los que puede prosperar las reivindicaciones de igualdad entre hombres y mujeres. Como en tantas cosas, el estado social, la igualdad entre hombres y mujeres, la movilidad social, los salarios justos, el mundo laboral con rostro humano, no son aspiraciones que se resuelvan con actitudes o con discursos de "buena voluntad", eso no basta ni remotamente. Estas metas no son de buena voluntad o de pretensiones de “adorno”, mientras las recetas de los economistas del economicismo nos dejan sin esperanza. No es posible soñar, porque no es posible aumentar la carga tributaria, porque no es posible recaudar los impuestos como se debe, porque ahora sólo podemos aspirar a tener un trabajo y obtener salarios modestos. En este contexto, ¿cómo quedan las aspiraciones de igualdad del ideario feminista? Las reivindicaciones a la que aspiran los que han quedado atrás, como las mujeres, los trabajadores, los agricultores requieren acciones concretas, inversión social, proyectos políticos trascendentes, como lo fue en su momento las redes de cuido que se quedaron en el umbral de lo que se proponían. Como vamos a tener mejores condiciones sociales para las mujeres, con una regla fiscal que somete todo el desarrollo humano a una fría cifra de crecimiento económico. Triste es tener que reconocer que no hay espacio para los paradigmas, no hay espacio para las utopías, hemos perdido la esperanza, aquí nada se puede hacer porque debemos resolver problemas tan graves que necesitamos crear empleo y resolver el problema fiscal. Es una agenda urgente, no hay recursos para otras perspectivas. Cuando esto ocurre es un dato incuestionable, el desarrollo social en sentido amplio queda postergado, porque la angustia es muy grande y estamos paralizados ante un país que no puede cobrar impuestos y que debe crear empleos, porque ni siquiera hay oportunidades de trabajo. En ese contexto la igualdad y humanización efectiva de la condición de las mujeres se debilita, porque se debilitó la esperanza de un estado mejor, más humano, con mejores salarios, con un respaldo económico a la familia, para poder cambiar el esquema autoritario que presidía el modelo patriarcal. Requerimos reflexión, ahondar un poco para ver si en algún sitio hay esperanza, para encontrar espacio para una luz que ilumine sueños de igualdad, prosperidad y equidad. Este es el contexto de una aspiración tan legítima, tan indiscutible: la dignidad de las mujeres en una sociedad igualitaria y decente. Como bien lo describe la escritora Yadira Calvo: "...El peso de la autoridad que nos descalifica desde hace por lo menos dos mil quinientos años en Occidente, sigue teniendo impacto. Revestidos durante siglos, de religión, de ciencia, de filosofía, los prejuicios se han sedimentado, pasan por verdades inapelables y contribuyen a determinar nuestros gustos, nuestras aptitudes, preferencias, expectativas, posibilidades y oportunidades. En tanto no desmantelemos el viejo edificio patriarcal, nos va a ser muy difícil cambiar las cosas. (....) echar luz sobre páginas oscuras, señalar las muchas necedades salidas de las plumas muy ilustres, descubrir la hilaza. Y si como afirmaba Max Jiménez: "la esperanza es un espejo colgado en el futuro", hacia ese espejo intento contribuir a aligerar la vía...." (Yadira Calvo- "La aritmética del patriarcado" Uruk-Editores- 2013- p. 244). La esperanza, la luz que ilumina el camino hacia una mejor sociedad, con hombres y mujeres más libres, verdaderos protagonistas de su futuro. No sé si podemos desmantelar la visión reduccionista de una sociedad regida sólo por el economicismo. Quizás se pueda, pero debemos empezar por los sueños, los paradigmas que ni eso tenemos. En una sociedad que sólo puede aspirar a resolver el desequilibrio fiscal y crear empleos, la esperanza está ausente y el desarrollo de una sociedad con desarrollo humano, con un adecuado reparto de riqueza, está muy lejana. Esta es una buena oportunidad para plantearse interrogantes y buscar respuestas que superen las recetas comunes y que propicie una igualdad efectiva entre hombres y mujeres. Es una aspiración ambiciosa pero difícil. Por ahora seguir con los ojos abiertos, la voz en alto para definir aspiraciones y abandonar los prejuicios y las carlancas que impiden alcanzar igualdad entre hombres y mujeres. Yo veo, como lo he dicho, un vínculo entre estado social efectivo y las reivindicaciones de igualdad entre hombres y mujeres. Cuando hurgamos en la desigualdad, nos percatamos de las omisiones desde el poder. Espacios de inequidad e invisibilidad para la discriminación que sufren las mujeres, por ejemplo, en el sector privado, con débiles políticas de equidad, acciones afirmativas. Todas las acciones afirmativas se concentran en el sector público. El mundo laboral tiende a darle la espalda a muchos de los problemas que enfrentan las mujeres en su etapa reproductiva. Se menosprecia todo el trabajo que hacen muchas mujeres en la administración de los hogares y en el cuido que dedican a infantes y adultos mayores. Esa labor no tiene valor económico, porque en el imaginario colectivo, las mujeres deben asumir esas labores sin ningún reconocimiento económico. Por supuesto, que, si se desarrolla una ambiciosa política de equidad de género, seguro algunos la denominarán "cargas sociales" y eso podría ser inconveniente porque atraería menos inversión. La inversión, en la visión simplista, supone salarios bajos e invisibilización del costo social del trabajo. Si lo social, si la solidaridad, si el estado social, debe postergarse, debe esperar, igual ocurrirá con la construcción de una sociedad que abandone el modelo patriarcal de familia y de control sobre las mujeres. El sistema justicia debe tener un compromiso con la tutela y respeto de los derechos de todas y cada una de las mujeres, mediante la mejora continua de los servicios que brinda la institución, así como la generación de sinergias que permitan una mejor coordinación interinstitucional, para la atención adecuada de quienes requieren de nuestros servicios. Corresponde a la institucionalidad judicial reafirmar el compromiso de propiciar y fomentar los cambios culturales necesarios para garantizar -como así lo establece la Política de Género- “la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres y la no discriminación por género en las decisiones judiciales, en el servicio público de la administración de justicia, y en el funcionamiento interno del Poder Judicial”. La riqueza humana e intelectual del tema de la igualdad real entre hombres y mujeres, impone un planteamiento ideológico, una aspiración utópica. Comienza con la igualdad entre hombres y mujeres y termina con la justicia del régimen, el control del poder y la dignidad de las personas, las igualdades son un planteamiento que incide en toda la estructura social; la igualdad entre hombres y mujeres requiere, como punto final, según lo propone Rosa de Luxemburgo: “.. un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres…” Muchas gracias por su atención. |