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De nuevo la selección de magistrados
Resulta
inexplicable que los diputados se decantaran la semana pasada por los peores
postulantes
Por Marco Feoli Villalobosjulio 26, 2021 at 20:31 CST
Foto
de una audiencia en la Sala Tercera con fines ilustrativos. Crédito: Keyna
Calderón
Tengo la
sensación, desafortunadamente, de que la mayoría del Congreso no ha entendido
que, como informó este diario, las últimas elecciones de suplencias para la
Sala Tercera han evidenciado un, y quizás eso es lo más grave, cínico e
indisimulado deterioro de la selección de magistrados. Los diputados
descartaron a los candidatos mejor evaluados y prefirieron a postulantes que ni
siquiera superaron la nota mínima.
Hay dos ideas
básicas de las cuales habría que partir. De un lado, no existe un mecanismo
perfecto para escoger a los miembros del gobierno judicial y, del otro,
históricamente, quienes detentan el poder tienen fuertes incentivos para que el
sistema de justicia no se convierta en una piedra en el zapato.
Por lo anterior,
para conjurar un riesgo de tanta envergadura, es que los jueces, que dirimen
conflictos, pero también podrían determinar la culpabilidad o no cuando se formulan
acusaciones contra las personas, están revestidos de una serie de garantías de
independencia e inamovilidad en el cargo para asegurar que su desempeño solo
esté regido por la más estricta observancia de la ley. Con esas coordenadas,
debe optarse por el diseño institucional más conveniente.
El constituyente
concedió un amplio margen de discrecionalidad al Congreso para designar a los
jueces a la Corte Suprema de acuerdo con criterios de idoneidad. Sin embargo,
discrecionaldad no implica arbitrariedad. Uno entiende que para ser magistrado
no basta con ser honrado y tener la edad mínima que determina la Constitución;
se necesita, además, poseer las mejores credenciales y ser un experto en
derecho.
[ Corte
rechaza hacer pública la votación para escoger candidatos a magistrados
suplentes ]
Merma en la
calidad. Resulta inexplicable, por tanto, que los
diputados prefirieran, como sucedió la semana pasada, a los peores postulantes. Porque
escogieron a la candidata con la calificación más baja. Y resulta inexplicable
porque, parapetados en el secreto del voto —una anomalía democrática— quienes
apoyaron ese nombramiento no tuvieron ni el decoro ni la coherencia de esgrimir
una sola justificación.
Discrecionalidad
es designar, legítimamente, entre una nómina, a la persona que mejor satisfaga
las expectativas de un grupo; arbitrariedad es hacerlo con secretismo y
opacidad, y sin ofrecer razones.
El Congreso ha
sido groseramente arbitrario sobre todo porque, en esta última elección, entre
la seleccionada y los que mejor calificación obtuvieron la diferencia era de
casi 20 puntos.
Ya decía
Hamilton, uno de los padres fundadores de Estados Unidos, que nada contribuye
tanto a la confianza de la ciudadanía en las instituciones como el sistema de
justicia. Eso es lo que está en juego.
Vivimos tiempos
convulsos, la emergencia de movimientos en casi todo el mundo que agrietan
permanentemente al Estado de derecho y ponen en entredicho los valores
republicanos, sobre los que se asientan la democracia y la convivencia, es una
amenaza real. De ella, América Latina, Costa Rica incluida, no escapan.
[ Jueza
fustiga ‘opacidad’ en concurso para elegir magistrados suplentes en Asamblea ]
Tribunal
decisorio. La Sala Tercera es el tribunal que conoce en
la fase de casación las causas penales que se tramitan contra políticos,
empresarios y funcionarios. Los sumarios por la trocha, el cemento chino o las
obras del Conavi, para poner solo tres ejemplos, serán resueltos, en definitiva,
en esa instancia.
Por ello, quienes
la integren es de máxima importancia. Si un diputado se esconde, es imposible
no sospechar que tras la escogencia haya algo que vale la pena mantener en las
sombras.
A la actual
conformación de la Asamblea le quedan escasos nueve meses, y poco se ha hecho
por oxigenar los mecanismos de designación de magistrados. La alta
fragmentación es una variable que también influye en la calidad del Poder
Judicial. Dejamos atrás la lógica de dos partidos repartiéndose los asientos de
la Corte para enfrentarnos a otra más vidriosa y quizás más peligrosa, y que no
parece que vaya a cambiar en el futuro próximo.
Todo lo
contrario. Lo sucedido obliga a no desatender el debate sobre cómo escoger a
los miembros del vértice judicial porque está claro que el país no ha sido
capaz de resolver el problema.
Por ahora, y
visto lo sucedido, el principal desafío es hacer transparente el proceso. Saber
cómo y por quién votan las facciones políticas. El conjunto de los ciudadanos
merece confiar, pero, sobre todo, merece representantes que tengan la altura de
miras para entender que, más allá de la finitud y la temporalidad de un cargo,
está la supervivencia del propio régimen democrático, y para eso despejar todo
resquicio de duda sobre la calidad de la justicia no será una condición
suficiente, pero sí rotundamente necesaria.
Hamilton lo tuvo
claro hace 200 años. No es demasiado pedir tenerlo también ahora.
El autor es
profesor del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la UNA.