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Agradezco a
la Contraloría General de la República, a nombre del Poder Judicial,
la invitación para participar en la inauguración de este Seminario
relacionado con la corrupción y el enriquecimiento ilícito en la
función pública.
Sin discusión alguna podemos afirmar que la corrupción,
abarcando también el enriquecimiento ilícito, es el mayor problema
que aqueja a nuestra sociedad y a la civilización entera, que
menoscaba valores democráticos básicos y representa un desafío a la
estabilidad política y el desarrollo económico.
La corrupción en la democracia adquiere una
trascendencia especial porque implica una deslealtad con el
cumplimiento de las reglas de convivencia básicas, es sin duda una
traición del mandato del pueblo y de sus más sagrados valores.
Cuando la corrupción avanza sobre el discurso político,
la desconfianza produce en los ciudadanos un "malestar" que se
manifiesta en síntomas de desesperanza y descreimiento en las
instituciones democráticas, y sin duda alguna es el principal factor
por el cual el ciudadano pierde confianza en sus gobernantes.
Además de minar las bases de nuestra democracia, la
corrupción nos impide desarrollarnos como una sociedad indivisible,
en la medida en que en ella continúen creciendo la pobreza y la
concomitante marginación social de vastos sectores de la población.
Por otra parte, numerosos estudios han confirmado que
entre mayor sea la corrupción en un país, menor será la inversión y
el crecimiento económico.
Según los resultados de una encuesta reciente realizada
por el Banco Mundial, la corrupción fue considerada como uno de los
mayores obstáculos para realizar negocios en América Latina. Es
evidente que aquí tenemos un desafío de primer orden si en verdad
queremos promover el crecimiento y el desarrollo económico.
La corrupción además, debe entenderse como un
problema de sistemas y no simplemente de personas. No basta con
poner en la cárcel a algunas personas sin solucionar las causas
estructurales que generan la corrupción, pues muy pronto otras
vendrán a reemplazarlas. Por eso, la lucha contra este flagelo
requiere acciones en lo represivo o sancionatorio, así como en el
campo de la educación, el refuerzo de valores, la política, la
modernización institucional tanto a nivel nacional como
internacional. No creo que debamos dejar de hablar de la necesidad
de retomar en nuestra sociedad los valores morales que apreciamos
como el sustento y norte de nuestra civilización, aunque para muchos
pueda sonar como un eco en un gran vacío.
En lo que toca al ámbito represivo, no obstante
que la adecuación del marco legal a los supuestos de hecho en donde
se observan conductas contrarias a los valores morales, es un medio
indispensable para la erradicación oportuna de este mal, no debemos
ser ingenuos quedándonos aquí, pues según las últimas cifras que
cita Daniel Kaufmann del Banco Mundial, sólo en sobornos, sin contar
con el resto de actos de corrupción, se manejan en el mundo
anualmente un aproximado de 1,000 billones de dólares, siendo más
propensos a ser afectados aquellos países que tienen estados
burocratizados y excesivas regulaciones y trámites, porque como se
sabe estos inevitablemente favorecen el clima de la corrupción.
Tampoco debe dejarse de lado que lo represivo y sancionatorio sólo
debe funcionar en última instancia, cuando los otros mecanismos
sociales no han sido capaces de solucionar los conflictos.
Inevitablemente frente a los acontecimientos recientes
muchos dudan o se preguntan cómo volver a recobrar nuestro camino,
la Costa Rica de antes. La respuesta naturalmente está en la
relación entre la ética, el derecho y la educación, armas
indispensables para el desarrollo dentro de un marco de valores y
respeto. Por mi formación debo centrarme en lo relativo a la ética y
al derecho.
Recordemos que el ser humano creó la ética y el derecho
como vehículos de paz y desarrollo.
El derecho entonces, se funda en valores éticos y la
ética se apoya en el derecho, son dos conceptos que se funden
mutuamente en las sociedades democráticas modernas, como soporte de
nuestra capacidad de convivir como seres civilizados en armonía y
paz.
El respeto a la ley, tiene entonces un rol fundamental
para la vigencia de los valores éticos y como mecanismo de represión
para aquellos que vulneren los valores tutelados en el ordenamiento
jurídico.
No puedo dejar de resaltar que el respeto a la ley
depende naturalmente de la existencia de un Poder Judicial
independiente y fuerte, pues sin éste simplemente no es posible
ganarle la batalla a la corrupción y borrar las nefastas
consecuencias que tiene sobre nuestras sociedades.
Es cierto que históricamente hemos sido una sociedad
visionaria en depositar nuestra confianza en la fuerza de la ley y
en fortalecer permanentemente las instituciones encargadas de
resguardar esos sagrados valores que se tutelan a través de ella.
Pero como ya adelanté, además de leyes nuevas, necesitamos un estado
moderno, transparente y eficiente, y dentro de éste, a un Poder
Judicial, fuerte, moderno e independiente, pues nadie puede negar
que la justicia constituye un punto central en la democracia, en la
medida que el derecho es el soporte de toda la estructura del Estado
y de la economía y un factor importante en el desarrollo de los
pueblos.
Los países que no tienen poderes judiciales fuertes e
independientes, son no sólo un “intento de democracia”, sino que
resultan estériles los esfuerzos que hacen para luchar contra la
corrupción. Sin duda alguna, la impunidad es el mayor enemigo de la
democracia. Por eso es indispensable que, siguiendo el debido
proceso, se castigue de manera efectiva y ejemplar a los corruptos.
Resulta evidente que nuestras sociedades exigen un
mayor protagonismo y capacidad de respuesta al sistema de justicia.
Pero para que exista confianza en la justicia es necesario dejar
atrás el autismo, el secretismo y otros males de igual tono, que
tradicionalmente se mantuvieron como costumbres en el sistema
judicial. En la actualidad, nuestra sociedad demanda y necesita un
poder judicial transparente y moderno, que tenga al ser humano como
eje central de su actuación, que esté dispuesto a dar cuenta de sus
actos en el que la dignidad y los derechos de las personas que
acuden en demanda de justicia sean protegidos, y en donde la
inmediación y la transparencia en todas las actuaciones, sea lo
esencial, a fin de que se realice la “justicia pronta, cumplida, sin
denegación y en estricta conformidad con las leyes”, que ordena
nuestro texto constitucional y que –más modernamente- podemos
traducir como un derecho a la tutela judicial plena.
Desde el punto de vista democrático pues, la justicia y
la independencia deben existir en función de, y como garantía para
el pueblo, para que no exista duda de que la justicia ha sido recta
y transparente.
Estamos claros que “la calidad de la justicia no puede ser mayor que
la calidad técnica y moral de nuestros funcionarios”, y que una
formación integral requiere además de un conocimiento técnico
riguroso, una ética judicial, que se traduce en la aplicación de la
ética general a la función judicial.
Estos presupuestos éticos del funcionario judicial
constituyen las armas con las que habrá de enfrentar cualquiera de
las causas de la corrupción, siempre dentro del marco de respeto a
la Constitución y la Ley.
Por otra parte, estoy convencido que el Poder Judicial, debe
avanzar hacia la consecución o consolidación de su independencia, no
como un privilegio de los jueces o de sus integrantes como tales,
sino como un derecho de los ciudadanos y como garantía del correcto
funcionamiento del Estado constitucional y democrático de Derecho.
Adicionalmente debe indicarse que a los funcionarios judiciales hay
que exigirles comportamientos y actuaciones en correspondencia con
las aspiraciones de la sociedad porque, por supuesto, entendemos que
independencia no significa irresponsabilidad. En ese sentido en
adición a la necesaria independencia de los funcionarios, también es
trascendente que se establezcan mecanismos de evaluación del
desempeño, de manera que por este medio se satisfagan las
expectativas de una justicia accesible, transparente, proba,
oportuna y de calidad, pero a la vez, de funcionarios que estén en
condiciones de hacerlo posible.
Precisamente por eso ha de tenerse en cuenta que es
indispensable responder apropiada y prioritariamente al clamor por
una justicia recta e incorruptible que termine con la impunidad que
rodea siempre los escándalos de corrupción.
Creo firmemente que el Poder Judicial
costarricense, pese a las dificultades económicas que enfrenta, está
preparado para asumir -siempre dentro del marco de la Constitución y
la Ley-, la responsabilidad histórica que el destino le ha puesto en
el camino en estos momentos de prueba para nuestro país.
Deseo resaltar que la corrupción no es un camino
sin regreso, tiene solución y depende, entre otros factores, de un
Poder Judicial fuerte e independiente, así como de un marco legal
moderno, y que mientras el derecho siga siendo el vehículo de la
ética y la justicia y el Poder Judicial sepa aplicarlo
correctamente, la legitimidad del sistema democrático, nos permitirá
por mucho tiempo, vivir en un marco social que estimule el
crecimiento y desarrollo en paz y armonía.
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