Pablo Barahona Kruger Abogado litigante pbarahona@ice.co.cr 12:00 a.m. 20/03/2013
A partir del deceso repentino de Luis
Paulino Mora, se ha improvisado todo tipo de semblanzas. Desde los repasos
period’sticos cajoneros que entremezclan su recorrido profesional con puntuales
anŽcdotas, m‡s bien cotidianas o personales, hasta las rese–as con corte
intimista de sus amigos coet‡neos y no pocos colegas que se deshicieron en
aplausos y lamentos.
Esa ha sido la t—nica, quebrada apenas
indiciariamente por Vargas Cullel y Chinchilla Garc’a
–en estas p‡ginas–, quienes fijan su atenci—n en el vac’o que dej—
el magistrado/presidente y el riesgo pol’tico impl’cito, dados los cercanos y
magros antecedentes (destituci—n de Fernando Cruz por Liberaci—n Nacional y
quienes est‡n detr‡s de ese cascar—n partidario).
Cercanamente. En los œltimos a–os, departimos
peri—dicamente. Primero, en 2009, por una investigaci—n regional, presta a
publicarse, que dirig’ en punto a la independencia judicial, mostr‡ndose desde
su elevada posici—n siempre abierto y sol’cito, asegurando personalmente
incluso la colaboraci—n de todas las dependencias judiciales que facilitaron
raudas la informaci—n que les requerimos sobre la marcha, fuera favorable o no
a la imagen institucional.
DespuŽs, se mantuvo siempre interesado
en los resultados del trabajo, que me compromet’ a compartirle a su tiempo.
Tiempo que ya no nos alcanz—.
Pero tambiŽn nos vimos semanalmente los
œltimos dos a–os. Esta vez, por pura academia. Yo, atento e irreverente
estudiante, en el œltimo posgrado que me promet’ cursar en esta vida. ƒl,
pausado y comprometido profesor.
Sin reserva, nos comparti— sus
experiencias, a–ejas muchas, desde sus inicios en Lim—n y en su recorrido
siempre ascendente, incluidas sus incursiones en pol’tica, hasta aterrizar en
su ingreso a la Corte. DespuŽs de ah’, todo el bagaje acumulado en resoluciones
clisŽ del prontuario judicial que Žl firm—, para bien o para mal, para el
aplauso o la cr’tica, como debe ser. Sus viajes y hasta sus errores como
juzgador, errores que nos compart’a para que entendiŽramos, aprendiŽramos y,
segœn Žl, lo super‡ramos algœn d’a. ÁVaya compromiso!
Me sorprendi— su llanitud
desde la primera vez que lo tuve al frente. ConfirmŽ su nobleza e inteligencia,
muchas veces por mi ÒmalaÓ costumbre de forzar los temas, de someter la teor’a
a estrŽs y oponerle argumentos a decisiones judiciales que Žl pensaba acertadas
y yo no, o viceversa. Nunca rehuy— discutir con su estudiante, y lo que es
mejor, a hacerlo como iguales, con ideas dis’miles s’, pero entendiendo que en
la discusi—n nos complet‡bamos mutuamente, que los dos pod’amos sacar algo de nuestros
des-encuentros acadŽmicos. Que siempre podemos aprender del otro si aprendemos
a no verlo como un enemigo amenazante a vencer, sino como un compa–ero de ruta
con quien avanzar dialŽcticamente. Ninguno de sus mœltiples sombreros fue
antepuesto a los argumentos. Nunca se impuso a partir de esa precaria condici—n
temporal que dan los t’tulos, fuera el de Profesor, Doctor, Magistrado o
Presidente –todos con mayœscula intencional, quede claro–.
Y eso es raro, muy raro ciertamente en
un pa’s de reyes sin corona, de caciques de pulper’a. No lo insuflaba el
argumento adh—minem, ni para calificarse Žl ni para
descalificar al otro.
Lecci—n de vida. Toda una lecci—n de vida que
portarŽ como su m‡s digno recuerdo. Su humildad preced’a su val’a, fincada
siempre en argumentos rumiados entre libros, viajes y amigos dispares, de los
que gustaba desprenderse, cont‡ndonos incidencias, bromas, pero sobretodo,
lecciones y aprendizajes en torno a esa pasi—n compartida: el derecho
constitucional y su relaci—n sinŽrgica con el derecho penal. Y es que para
entenderlo, hab’a que darse por notificado: se trataba de un penalista con alma
de constitucionalista. Un hombre preocupado por la libertad.
TambiŽn, gracias a Žl, sŽ donde se
consiguen los mejores chicharrones de Puriscal, muy cerquita del parque. Su
candidez y simpat’a purisca nos permiti— departir hasta de esas cosas veredes casi con tanto gusto, como intercambiamos libros o
subrayamos teor’as.
Y es que recuerdo que iniciaba sus
clases compartiŽndonos su biblioteca. Clases que no pocas veces interrump’a con
una broma bien puesta, como t’pico purisco.
El œnico profesor que repon’a las pocas
clases a las que faltaba solo cuando no le quedaba m‡s remedio por su alto
encargo, disponiendo fines de semana al efecto e incluso algœn domingo para sus
particulares ex‡menes orales, que normalmente se convert’an en agudas
discusiones sobre los temas l’mite de nuestro derecho constitucional y penal.
Due–o de una parsimonia muy se–orial
que acompas— con un fino y bien dirigido criterio pol’tico, cultivado en
batalla y no en el claustro acadŽmico, encontr— su mayor fortaleza como
jurista: coherencia y valent’a. Defend’a sus puntos de vista y a veces los
completaba con los contraargumentos que se le opon’an. Eso es humildad, pero, sobre
todo, inteligencia. ÀNo es acaso lo primero el s’ntoma que introduce lo
segundo?
Me cay— bien desde el principio y lo
respetŽ profundamente despuŽs.
LleguŽ justo a tiempo para formar parte
de su œltima generaci—n de estudiantes de postgrado. Le saquŽ el jugo como a
pocos profesores en mi carrera y siempre que nos vimos despuŽs me salud—
afectuosamente, incluso con cierta deferencia.
Ese es el Luis Paulino que
recuerdo. Ese fue mi profesor y ese seguir‡ siendo. ÁGracias, D. Luis!
ÁGracias, mi querido profesor!