Drogas y delincuencia juvenil

El tratamiento de adicciones deber’a ser una pol’tica de salud pœblica en el pa’s

Rodolfo Chaves Cordero Defensor pœblico 12:00 a.m. 19/03/2013

En no pocas ocasiones, al desarrollar mi labor como defensor pœblico penal juvenil, me encuentro con j—venes involucrados en la comisi—n de delitos como consecuencia directa de su consumo de drogas. Estos, junto a sus familiares, reconocen la necesidad de recibir tratamiento intern‡ndose en un centro de desintoxicaci—n. Sin embargo, la falta de espacio en los centros privados es la nota dominante. Por su parte, el Estado est‡ muy lejos de satisfacer la demanda, el tr‡mite de ingreso se vuelve una paradoja que no es entendida por el joven interesado y mucho menos por su familia.

En el pa’s se cuenta con dos opciones estatales para el internamiento y tratamiento de los menores de edad: el Hospital Psiqui‡trico con el programa Nuevos Horizontes y el programa residencial del IAFA. Resulta que en el programa del Psiqui‡trico se requiere un estado de ingesta de drogas tal, que casi estemos frente a un cuadro de intoxicaci—n. Por su parte, el programa de residencia del IAFA requiere que el joven no haya ingerido recientemente; as’, se cierra la puerta a quienes no estŽn intoxicados, pero s’ tengan un consumo activo de drogas, quedando dos opciones: una es, por loca que parezca, intoxicarse para lograr el ingreso, o abstenerse de usarlas por un m’nimo de 8 d’as, hecho que resulta casi imposible pues por eso es que piden la ayuda, porque no tienen una contenci—n propia para evitar el uso de los psicotr—picos.

Al final, no hubo posibilidad de ingreso y a los d’as vuelven estos j—venes a entrar a las oficinas judiciales, muchas veces con delitos m‡s graves y, lo peor, con la sensaci—n real de que han sido excluidos de toda opci—n de terapia.

Lo anterior es importante porque la estad’stica se–ala que cerca del 80% de los delitos contra la propiedad son cometidos por j—venes que utilizan drogas. Dicho porcentaje aumenta casi al cien por ciento en los casos en que media violencia. Si esto lo extrapolamos a nivel nacional tendr’amos que si en el 2011 se registraron 4.290 denuncias de delitos contra la propiedad, de las cuales 2.613 fueron por delitos cometidos utilizando violencia, quiere decir que en este rubro de delitos podr’amos tener a m‡s de dos mil quinientos j—venes delinquiendo con el œnico af‡n de conseguir el dinero para satisfacer su adicci—n.

Solo esta circunstancia justificar’a que desde la promulgaci—n de la Ley de Justicia Penal Juvenil en el a–o 96 se hubiera creado el centro para la atenci—n de los menores con problemas de adicci—n tal y como lo ordena el transitorio II de dicha ley. Sin embargo, debieron transcurrir mas de diez a–os y una orden de la Sala Constitucional para que entrara en funcionamiento algo muy distante a lo que el legislador impuls—. Pensar’amos que el tratamiento de adicciones deber’a ser una pol’tica de suma trascendencia en materia de salud en nuestro pa’s, no obstante, en el informe de la Contralor’a General de la Repœblica sobre este tema en el a–o 2010 encontr— ser’as deficiencias en el trabajo de las instituciones responsables de esta materia, hecho que daba al traste con un abordaje serio del problema.

Establecido desde hace muchos a–os que la drogadicci—n es una enfermedad y que su presencia en el grupo etario de menores de 18 a–os, va cada vez en aumento y que es el detonante de la comisi—n de un gran porcentaje de los delitos que d’a a d’a aquejan a la sociedad, este centro debi— revestir una m‡xima prioridad para los diferentes Gobiernos.

Sin embargo, escud‡ndose en la falta de recursos, les volvemos a dar la espalda y solo se receta el internamiento carcelario sin resultado positivo alguno. La mejor herramienta para enfrentar la delincuencia es una buena pol’tica social; si esta falla, no esperemos un cambio positivo en la seguridad del pa’s.