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Opini—n

 

Domingo 20 de mayo de 2012

 

ÀSensatez punitiva?

Garantismo,medio para lucharcontra los excesosdel poder

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Rosaura Chinchilla C. jueza Rosaura.chinchilla@gmail.com 12:00 a.m. 20/05/2012

Aumento en las tasas de cierto tipo de delitos (Estado de la Naci—n, 17.¡, 2011); disminuci—n de la victimizaci—n pero incremento en la intensidad de la violencia (INEC/PNUD 2012); un abordaje constante pero desarticulado en los medios y usufructuar electoralmente la inseguridad, han conducido a que en C.R. haya un "miedo al crimen" que cala hasta los huesos. Y el temor, como respuesta irracional, es entendible en la subjetividad, pero no puede cimentarse sobre Žl una pol’tica pœblica.

El miedo obnubila la raz—n. En aras de huir del terror se instalan, f‡cilmente, la demagogia y el autoritarismo, que contribuyen a reforzar el problema inicial, tanto por no atacarlo, como por expandir la alarma. Hoy, dig‡moslo sin ambages, en C.R. se legisla y juzga con miedo... a perder electorado, a sanciones disciplinarias, a la exposici—n medi‡tica, al que dir‡n, a... todo y todos. Y si somos pusil‡nimes para hacer lo correcto, terminamos haciendo lo indebido. Cuando nos quedamos callados ante la barbarie que afecta a otros, Žsta terminar‡ alcanz‡ndonos. Lo vivi— un pastor protestante en los campos de concentraci—n: "Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista. Luego vinieron por los jud’os y no dije nada porque yo no era jud’o. Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista. Luego vinieron por los cat—licos y no dije nada porque yo era protestante. Luego vinieron por m’ pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada" (Niemšller). Si se proclama que, para resolver la inseguridad, deben elevarse las penas m‡s all‡ de la expectativa de vida de las personas; crearse m‡s delitos y eliminarse garant’as, se asume una salida f‡cil, que sirve para muchas cosas (desde vender armas, sistemas de seguridad y peri—dicos hasta ser elegido en un cargo, subir el raiting televisivo u obtener mayores ingresos) menos para solucionar la problem‡tica nacional.

El garantismo es un humanismo: El garantismo, o respeto a los derechos humanos liberales, es, parafraseando a Sartre, un humanismo.

Si, como lo proclaman las sociedades judeo-cristianas, y aœn muchas otras, se parte de que nadie es m‡s que otro y que todos tenemos idŽntica dignidad, que debe respetarse, necesariamente se est‡ aceptando la base filos—fica del garantismo. Y eso no es incompatible con castigar a quien ha cometido delitos. Pero ese castigo debe imponerse acatando reglas porque, de lo contrario, es venganza, tan Žticamente cuestionable como el acto sancionado.

Es comœn escuchar que el pa’s vive un "garantismo excesivo" ÀA quŽ demas’a nos referimos? ÀSer‡n muchas garant’as el respetar la vida humana, el proscribir la tortura, el requerir prueba para condenar, en fin, el garantizar un juzgamiento justo? ÀO ser‡ que estamos confundiendo 'garant’as' con errores, que los hay, de los operadores jur’dicos? ÀTendr‡n relaci—n esos yerros con la deficiente formaci—n jur’dica de la abogac’a nacional? No tergiversemos temas ni confundamos planos anal’ticos. El garantismo solo ha sido un problema para quienes quieren imponer su voluntad y avasallar a los dem‡s, pero hist—ricamente ha sido el medio para evitar o luchar contra los excesos a que conduce el poder.

Populismo es autoritarismo: Solo podr’a atacarse 'v‡lidamente' la doctrina garantista si se parte de una categorizaci—n de seres humanos, unos mejores que otros que, en cuyo nombre se esboce un trato diferenciado entre ellos. Quiero pensar que, luego de las experiencias hist—ricas a que eso ha conducido, no hay quien, realmente, asuma dichos postulados. De ah’ que los ataques al garantismo provengan, generalmente, de la imprecisi—n de las bases de discusi—n, pero los costos que eso genera a la democracia costarricense son elevad’simos: miles de compatriotas aceptar’an un dictadorcillo criollo con mano dura (Escuela de Estad’stica-IIS-UCR, 2010). Inclusive quienes en otro momento han llamado a respuestas dr‡sticamente represivas, han terminado sufriendo los propios excesos que han pregonado. No echemos a rodar bolas de nieve que pueden terminar absorbiŽndonos.

Argumentemos. No es dable emitir frases vac’as ni esl—ganes publicitarios, salvo, claro est‡, que nos ubiquemos fuera del terreno de la buena fe. El delito es una construcci—n pol’tica. Si bien hay un "nœcleo duro" de ilicitud (matar, robar, violar), comœn en la mayor’a de las sociedades, hay un sinf’n de comportamientos "comunes" que terminan, por obra de acuerdos legislativos surgidos desde el miedo, siendo delitos (v. gr., cuando se discuti— la Ley contra la Delincuencia Organizada, se plane— erigir en delito Áel que dos personas circularan en una motocicleta!), sin que se vislumbre, tampoco, rigurosidad en los controles ulteriores. Nadie est‡ exento de ser procesado y juzgado, aun siendo inocente... Àc—mo nos gustar’a que se nos tratara?

Proporcionalidad, drogas y vulnerabilidad social: Producto de esa frenŽtica carrera –hacia-ninguna parte–, carecemos de criterios de proporcionalidad para establecer penas.

Lo vemos en la Ley de Tr‡nsito, cuyas multas han ido desapareciendo, por superar los ingresos promedio per c‡pita. Pero tambiŽn en otros —rdenes. Por ej., en dos dŽcadas, se duplic— la pena para el suministro de peque–as dosis de droga, efectuadas por adictos, pues pas— de 4 a 10 a–os de prisi—n (art. 18 p‡r. 4 ley N¼ 7233 de 1991), 5 a 15 a–os (art. 61 ley N¼ 7786 de 1998) hasta los 8 a 15 a–os (art. 58 ley N¼ 8204 de 2002). Y atiborramos las c‡rceles.

ÀDesapareci— el problema? No, pero sancionamos igual a los que venden peque–as cantidades respecto a los que comercian a gran escala; a los que lo hacen por estar en un proceso de adicci—n (sin que existan pol’ticas preventivas o de desintoxicaci—n importantes) respecto a los que se lucran con el dolor ajeno. Y en punto a sancionar con 8 a–os de c‡rcel la venta de 2 piedras de crack por una mujer de escasos recursos, hasta la mayor’a de la Sala Constitucional, consider— que no hab’a ninguna desproporci—n (voto n.¼ 11697-11). Hoy, que en CentroamŽrica se empieza a discutir si el camino adoptado ha sido el correcto y se busca crear consensos con otras naciones de la subregi—n... Àno ser‡ tiempo de revisar internamente la dosimetr’a con que se tratan estos y otros delitos?

Una clara relaci—n. Un insumo que podr’a tenerse en cuenta es el estudio efectuado por la antrop—loga nacional Claudia Palma (2011) en el que se concluye que "...el delito de tr‡fico de drogas, al que est‡n vinculadas no menos del 64% de las mujeres privadas de libertad del pa’s es una decisi—n que se toma en condiciones de escasa posibilidad de resolver las necesidades b‡sicas de la vida cotidiana (...se debe) analizar el tr‡fico de drogas como una estrategia de sobrevivencia'" con lo que es clara la relaci—n entre los peque–os suministros, la feminizaci—n de la pobreza y las condiciones de vulnerabilidad, que pueden empujar a la comisi—n de algunos tipos de hechos il’citos.